Ya desde el mismo momento de la fundación de la Agrupación de Cofradías de Archidona, queda claro la vocación por parte de sus impulsores de que este organismo sirviera para divulgar y promocionar la Semana Santa de esta localidad malagueña. En el mismo acta fundacional, fechada en 27 de abril de 1927 ya se deja entrever esta aspiración: “Don Juan Guerrero Pérez en nombre de la comisión expuso: que creyendo tanto él como sus compañeros que se debía dar más esplendor y mayor solemnidad a las procesiones que dichas Hermandades celebran en Semana Santa, si estas consiguieran agruparse y prestarse en todos sus actos mutua ayuda…”

Nace así la Agrupación de Cofradías de Semana Santa de Archidona, que pasa por ser la segunda más antigua de España, tras la de la capital malagueña. Y lo hace con vocación de convertirse en el máximo órgano rector de la Semana Santa archidonesa, en todos sus ámbitos, marcándose como objetivo prioritario el resurgimiento del procesionismo cofrade local. Además de buscar fuentes de financiación para las cofradías, la Agrupación se marcó como pauta esencial la divulgación y promoción turística de la ciudad a través de su Semana Santa. De ahí que inmediatamente se quisiera involucrar económicamente al Ayuntamiento y al comercio local, mediante subvenciones y donativos.

En este contexto se enmarca el nacimiento editorial de la revista de Semana Santa que promovida y patrocinada por la Agrupación de Cofradías. Con su publicación pretendía alcanzar la entidad agrupacionista un doble objetivo: por un lado canalizar la ayuda económica del comercio hacia la Semana Santa, a través de los anuncios insertados en la revista, y de otro obtener un medio impreso que sirviese de promoción turística de la fiesta de cara al exterior. Surge así la primera revista de Semana Santa cuyo que sale a la calle en vísperas de la Semana Santa de 1929, bajo el extenso encabezamiento de “Suntuosas procesiones de Semana Santa. Archidona 1929”. A partir de 1948 la revista es bautizada con el nombre “Los Campanilleros”, en alusión a una de las figuras más emblemática de las cofradías locales, denominación que ha mantenido hasta hoy.

Se puede hacer un intento de periodización de la revista, encontrando tres etapas bien diferenciadas. Una primera abarcaría desde su gestación hasta el año 1948 en que aparece rebautizada con la cabecera actual de “Los Campanilleros”. Una segunda época que iría desde ese año hasta 1978, caracterizada  por la discontinuidad de sus apariciones, que se tornan esporádicas. Finalmente, una tercera que se inicia en 1986 y coincide con el mandato de Antonio Manuel Navarro al frente de la Agrupación de Cofradías, todavía en vigor, y que ha supuesto la consolidación definitiva de la publicación, logrando no sólo mantener una periodicidad anual sino evolucionar hasta alcanzar el nivel actual.

Primera época: el esplendor de los primeros números (1929-1947).

Aunque desde la misma fundación de la Agrupación, ya se quiere editar un libreto divulgativo, el primer número no ve la luz hasta dos años más tarde. Corrobora este dato el hecho de que desde la Agrupación se están solicitando colaboraciones literarias para la revista desde 1927. En concreto, al conocido escritor malagueño Narciso Díaz de Escobar, quien efectivamente acepta de buen grado y remite unas saetas que se publican en la edición del año 29.

La revista surge como un instrumento más al servicio de la recién creada Agrupación de Cofradías, en su labor de promoción de la Semana Santa. Desde el mismo título, “Suntuosas procesiones de Semana Santa 1929 Archidona del Miércoles al Viernes Santo”, ya se advierte una vocación eminentemente divulgativa, incluyendo noticias de interés para el visitante: horarios de procesiones y cultos, itinerarios, datos sobre las cofradías y sus imágenes, así como información sobre llegadas de trenes y otros medios de locomoción, alojamientos, etc. No falta la publicidad de los anunciantes que, con su aportación económica, contribuyen al sostenimiento de las procesiones.

Con el siguiente número (1930) notamos un importante cambio en la orientación de la revista, que estrena un formato mayor, incluye un variado repertorio de fotografías en blanco y negro (17 en total) y aumenta el número de páginas (que pasa de 56 a 82). En cuanto al contenido literario, se da a partir de ahora un importante salto cuantitativo y cualitativo, sumándose a la de Narciso Díaz de Escobar, que vuelve a escribir para la revista, otras firmas de renombre: Rafael de la Linde, Antonio Naranjo, Enrique Ortiz, Joaquín Díaz Serrano o Manuel Montilla Benítez. Este último autor, conocido maestro que impartió clases en la localidad a principios de los treinta, se asomó en varias ocasiones a las páginas de la publicación. Buen conocedor del tema cofrade, de su pluma partieron los primeros datos impresos sobre la historia de nuestras cofradías y la filiación de las imágenes, si bien con datos escasamente contrastados, como la historiografía posterior ha puesto de manifiesto (de esta época parten las reiteradas atribuciones del Dulce Nombre y el Cristo del Santo Sepulcro al “inmortal Alonso Cano”).

A partir de este año se convierten en asiduos colaboradores de la revista varios profesores pertenecientes al claustro de las Escuelas Pías. Su impronta intelectual y algunas claves de su pensamiento espiritual y teológico quedan reflejadas en las ediciones correspondientes a las décadas de los treinta y los cuarenta. Son escritos firmados, entre otros, por los padres Felipe Vacana, Cristóbal Rodríguez, Jesús María Robredo, Felipe Varona, Pedro Casero, José Olea Montes, Pedro Barrero… Nombres que aún hoy permanecen en la memoria colectiva de un pueblo, como el nuestro, educado durante siglos en la piedad y en las letras por los discípulos de San José de Calasanz.

Significativa es la aparición en el año 1931 de hasta tres números de la revista, editados en tres imprentas distintas: Briasco de Cartagena, La Paz de Antequera y Haro de Málaga. En sus portadas, tres motivos diferentes: en una, el conocido cartel de Luis Bono protagonizado por la mantilla ante los penitentes de la Humildad, en la segunda una fotografía del Dulce Nombre en el interior de Santo Domingo  y en la tercera, otra de la cofradía de la Humildad a su paso por calle Carrera.

Con una calidad encomiable, estos primeros números presentan un cuidado despliegue gráfico en blanco y negro, un ramillete de colaboraciones literarias de prestigio y un variado repertorio tipográfico, habiendo sido necesario esperar más de medio siglo para superar este nivel.

El clima de agitación social que vive el país con el advenimiento de la República deja a las cofradías en sus templos durante 1932 y 1933, años en los que tampoco se editó la revista. El ambiente pro-semanasantero que se respira en la localidad un año más tarde permite la recuperación de la publicación como antesala de la salida procesional extraordinaria que tan amplio eco tuvo en la prensa malagueña. En 1935, la Agrupación cede los derechos de la revista a un cofrade, Inocencio Ortiz Berrocal, quien se convierte en editor corriendo “con todo lo referente a gastos y posibles ingresos”.

La contienda bélica del 36 interrumpe durante varios años la edición de la publicación cofrade, que no vuelve a imprimirse hasta bien entrada la siguiente década. Y lo hace en 1943 en formato folleto de bolsillo. Su portada muestra una singular ilustración del Cristo de la Expiración en los Caños de las Monjas, con unos trazos muy marcados en los que se aprecian claras reminiscencias del “comic”.

La revista en esta década languidece y es fiel reflejo de la sociedad de posguerra, contagiada de la tristeza de una época gris poco dada a exquisiteces intelectuales y más preocupada por cuestiones materiales más perentorias. Hay una evidente decadencia con ejemplares que reducen el número de páginas, y repiten en gran medida los contenidos gráficos y literarios de años anteriores, aportando escasas novedades.

Segunda época: discontinuidad y nueva cabecera (1948-1978)

1948 marca el inicio de una nueva etapa en la historia de la revista con el estreno de una cabecera, la revista “Los Campanilleros”, que responde al deseo de sus promotores de incidir en las señas de identidad más genuinas de esta Semana Santa.

Se nota en las ediciones de este año y siguientes un interés por recuperar el esplendor de los primeros números. Para ello se buscan colaboraciones literarias y gráficas que la conviertan en algo más que un simple folleto informativo. Aumenta el formato en varios números y se cuidan las portadas con fotografías de los titulares y, en ocasiones, con carteles de calidad. Como el firmado por Xavier para la del año 51, luego repetido en la portada del 59, que incide en la clásica composición de la mantilla frente al Crucificado. En esa misma línea costumbrista, destaca la plumilla de Francisco Martín para la edición de 1960, en la que dos elegantes damas ataviadas con mantilla conversan ante un paso de palio.

Por entonces, es frecuente encontrar en las páginas de la revista noticias referentes al otro gran evento festivo-religioso de la ciudad: la feria de Agosto. En este contexto, se entiende la inserción de varios artículos históricos sobre la conquista de la ciudad o sobre la estampa de la Virgen de Gracia, junto con otra información complementaria referida a los festejos estivales.

Durante varios años se viene repitiendo un mismo editorial titulado “Pórtico”. Y desde esas líneas, una invitación para visitar Archidona, donde el forastero podrá contemplar las “suntuosas procesiones de Semana Santa”, organizadas por la Agrupación de Cofradías y patrocinadas por el Ayuntamiento.

En la década de los sesenta, la publicación experimenta un sensible empobrecimiento en cuanto a formato y contenidos, quedando reducida en más de una ocasión a un simple programa informativo. Esta crisis editorial desemboca en la práctica desaparición de la misma a principios de los setenta. Habrá que esperar hasta mediados de la década para ver impreso un nuevo ejemplar. Si bien con tan escasa fortuna, que en su insólita portada figura sorprendentemente la antequerana Virgen de la Piedad y las fotografías del interior nos muestran imágenes de la vecina localidad. La imposibilidad material y temporal de subsanar este error de imprenta, pues la revista llegó en la víspera de la Semana Santa,  motivó su no distribución ese año de 1975.

La etapa se cierra con los números correspondientes a los años 1977 y 1978, que se abren con portadas ilustradas por cartelistas como Pili Cárdenas y Luis Córdoba Gálvez. Con estos números se intenta recuperar el tono de revista informativa tipo boletín, enriquecida con algunas visiones literarias.

Tercera época: hacia una revista cultural de temática cofrade (1986-actualidad)

La tercera y última fase en la periodización que hemos establecido se inicia en 1986, después de un lapsus de siete años sin editarse “Los Campanilleros”, y donde sólo constatamos la aparición en 1985 de un boletín que a título particular publica la cofradía de la Pollinica con motivo de su 25º aniversario fundacional.

La fase coincide con el mandato, todavía en vigor, de Antonio Manuel Navarro al frente del ente agrupacionista. Entre los objetivos de su programa figuraba, entre otros, la recuperación de “Los Campanilleros” como órgano oficial de difusión de la Semana Santa local.

La revista ha experimentado en estos 15 años una espectacular evolución de la mano de los diferentes directores que se han venido sucediendo al frente de la misma, cada uno con su impronta personal.

En esta etapa, “Los Campanilleros” ha pasado de ser un simple boletín informativo, con algunas aportaciones literarias y un escueto soporte gráfico, a una publicación carismática entre las de su género, convirtiéndose en una auténtica revista cultural de Semana Santa. En los últimos años se ha pasado de la revista tipo “miscelánea” a otra dotada de una moderna estructuración en secciones, con aportaciones historiográficas y literarias de indudable interés, salpicada de una cuidada selección gráfica, y, en suma, desplegando un lujo editorial sin precedentes.

El momento actual, sin duda prometedor, es fiel reflejo del buen estado de salud de que goza la Semana Santa archidonesa, declarada de interés turístico nacional, y en especial de sus hermandades y de su Agrupación de Cofradías.

Por Jacinto Muñoz Nuevo
Historiador del Arte
Director de la Revista “Los Campanilleros” de 1995 a 2004